A Un Alma Conocida

La distancia es un oasis que se desvanece cuando nos acercamos; aunque hoy debemos contentarnos a que pierda efecto con un simple llamado. Sos de esas personas que, aunque pase el tiempo y no nos veamos, cuando nos reencontramos es como si nada nos hubiese alejado.

Los días pasan y le seguimos riendo con nostalgia a las tardes de verano en Buenos Aires, cuando las preocupaciones se desvanecían por un rato, permitiéndonos disfrutar de la refrescante brisa que corría a la sombra de los fresnos dorados.

Se cumplen los años en que no te veo, pero nuestra amistad solo sigue creciendo. Sabemos que aunque los caminos se abran frente nuestro y cada una elija el suyo, más allá en el horizonte percibiremos la unión de esos senderos que nos llevarán a un abrazo sincero; y como si el tiempo hubiese permanecido estático, charlaremos pasando un buen rato.

Tu risa no me la olvido porque de alguna forma siempre aparece, aún en los momentos más tristes. Pero entre tanta risa y alegría, a veces me pregunto si tu sonrisa es un mar en calma o si esconde una violenta tormenta oceánica.

Aprendimos a ocultar y a no confiar ni en aquellos con los que hemos compartido tanto. Y a menudo, cuando me alejo demasiado, la duda consume mi interior y me encuentro dudando de vos. Sin embargo, aunque nuestros caminos serpentean y nos marean, llega el punto en que  ambos se acercan. Nos encontramos en una encrucijada e intercambiamos sonrisas cercanas.

La distancia es un viaje de sentimientos — diferente al viaje que me ha llevado lejos. La distancia nos educa de una manera extraña: cuando el tiempo pasa, uno entreabre la puerta para espiar y se pregunta si todo sigue normal.

Y yo vuelvo con la mirada, siempre que la angustia ataca. Y ahí estás vos, con esa sonrisa que vale más que mil palabras.

Hoy los caminos se unen con más facilidad; es sencillo diferir entre aquél que te piensa y en quien ya no lo hace más.

Y sé que con tu amistad, no me puedo equivocar.

A Veces

Cuando nombraste todas las cosas y te pesa en los hombros lo ridículo y lo injusto y hay tanta inconmovible realidad a tu alrededor, te das cuenta de que sólo te quedan las cosas que amás, en algún momento y en alguna parte. Entonces todo parece una gran salina muy blanca en la cual estás parado, sin ser ni bueno ni malo: con tus cosas.

L.A. Spinetta

A veces no sé como encontrar la fuerza y la tranquilidad para sonreír. Incluso mis cosas se sienten extrañas y alejadas de toda familiaridad. Cuestiono mi felicidad cuando tan latente se siente esa realidad de desesperanza, plagada de sufrimiento.

A veces quiero renunciar a esta vida. Quiero rendirme y decir: “Chau,” como si eso me fuera a liberar. Pero parece que esa actitud es débil y tengo una fuerza que me controla a quedarme un día más.

A veces mi garganta lastima con la bronca que se quiere expresar en sollozos y golpes destructivos que buscan romper lo que tengan a mano, ya que no son rival contra la enormidad de la injusticia que parece más grande cada día.

A veces me olvido de respirar, porque “sobrevivir” no precisa de ese aire divino que uno inhala para sentirse vivo, ese aire puro que pone sonrisas en una cara que pudo haber sido cenizas. Porque “sobrevivir” se hace en modo automático; no hay porqué pensar, no hay porqué disfrutar.

A veces sólo quiero palabras depresivas para sentir la vida.

A veces me canso de caminar bajo el nubarrón, de que el Sol me evada y me deje sin color.

A veces la angustia me pesa como un ancla en el pecho y solo quiero estar en casa, llorar y dormir.

A veces me detesto por dejarme vencer esas veces y pensar que todo en esta vida está mal; por no dejarme apreciar la armonía y la felicidad, la compañía y la bondad; por no dejarme vivir en paz.

A veces me apuro, queriendo sacarme de encima todo lo que se siente peso, todo lo que consume mi tiempo, como si con hacerlo desvanecería aquello que detesto y me diera el tiempo que merezco; tiempo que se lleva al tiempo.

tiempo, tiempo, tiempo.

A veces no acepto la idea de que la vida sea una salteado de cosas que no gustan, con cosas que hacen feliz. Y el resto del tiempo no acepto que eso sea así.

A veces me condeno a terminar con todo eso que me disgusta, como buscando tiempo de gozo y sonrisas en una fábrica de producción negativa infinita.

(much)A(s) veces, sentada miro las sombras, esperando a que desaparezcan por sí solas, esperando al momento en el que la duda deje de pintar mi alma de angustia.

A veces hace falta volcar algunas palabras: palabras que asfixien, palabras que repriman, palabras que lloren, palabras que depriman. Uno a veces suena suicida, pero cuando a esas palabras se las suelta — cuando no se las traga — , uno ya no es rehén de ellas, uno se libera. Las palabras tristes las dejo ir porque son tan tontas cuando veo lo lindo que es sonreír.

Carta a Las Playeras

A veces me da tristeza cuando me sorprendo tanto de la bondad que uno puede encontrar en el planeta. Cuando las malas noticias corren maratones permanentes, siento que pierdo de vista la alegría. 

Sin embargo, cuando estaba perdida y consumida en dudas e incertidumbres, ustedes llegaron como un bálsamo aportando paz, cariño y claridad a mi vida.

Llegaba a nuestras juntadas y el mundo se frenaba — el tiempo, infinito. La lluvia y el granizo que golpeaban a mi ventana hacían del aire una melodía relajante; sonaba armoniosamente en mi interior.

No quiero olvidar sus sonrisas y la sensación de tranquilidad que tuve estos días. No quiero olvidar cómo conectarme con esa radiante energía. Aunque a veces mi mente me traiciona, y el tan preciado aprendizaje parece esfumarse y se me escapa como arena en mis manos.

Pero ustedes me ofrecieron un tesoro tan valioso que sería débil de mi parte cavar un pozo y enterrarlo creyendo que así se mantendrá seguro; un tesoro que puede sentirse con el alma, la que nuestros encuentros hicieron más pura.

Acercaron a mí las herramientas que me faltaban para juntar valor y escribir estas palabras; escribir y dejar ir: ser libre.

Fue una fortuna encontrarlas: mujeres fuertes de una valentía y amabilidad contagiosas. Mujeres que son más que las cicatrices en sus psiquis y cuerpos; son amor de un dulzor que no empalaga. 

Sigan trabajando en sembrar flores de todos los colores, en plantar árboles de todos los tamaños y en regar la tierra que hace al camino de su propia felicidad. 

Gracias por recordarme que es el camino el que tiene que estar bien cuidado, el que debe ser adorado, perfumado y coloreado; no tenemos porqué atravesar un camino lúgubre, por el cual la tierra seca y agrietada lastime nuestros pies descalzos, ni mirar hacia adelante donde se ve una luz esperanzadora y somos capaces de rasparnos los pies con tal de llegar lo más rápido a su encuentro.

Esa luz que da esperanza debería iluminarnos hoy la cara, no ser algo que alumbra a la distancia.

Gracias por confiar en mí, gracias por escucharme y gracias por enseñarme lo más valioso de esta vida: ser feliz hoy y compartir esa felicidad con los demás.

Las adoro,

Flo